Managua ha sido moldeada por sismos, decisiones políticas y proyectos arquitectónicos que traducen memoria en piedra y hormigón. El terremoto de 1972, ocurrido el 23 de diciembre de 1972, no solo destruyó amplias zonas del centro histórico sino que forzó a las autoridades a replantear la forma en que la ciudad debía crecer. Esa transformación encontró en la nueva Catedral Metropolitana un emblema físico: un edificio moderno que dialoga con riesgos sísmicos, clima tropical y una ciudad en proceso de dispersión.
Antes de 1972, Managua seguía la pauta de las ciudades coloniales: una cuadrícula alrededor de una plaza central dominada por la iglesia. La antigua Catedral de Santiago Apóstol, con su estructura prefabricada belga ensamblada por el ingeniero suizo Pablo Dambach, representaba esa continuidad institucional. Sin embargo, la secuencia de terremotos —incluido el de 1931— y el desastre de 1972 obligaron a repensar la centralidad urbana y a introducir estrategias nuevas de planificación.
Del compromiso político a la centralidad colonial
La condición de Managua como capital responde a un acuerdo político histórico: su nombramiento en 1855 buscó una posición intermedia entre León y Granada, rivales tradicionales. A finales del siglo XIX la ciudad ya actuaba como centro administrativo y su morfología reproducía la cuadrícula colonial, con densidad institucional y comercio concentrado alrededor de la plaza y la catedral. Esa lógica urbana funcionó hasta que la sismicidad y los eventos catastróficos demostraron su vulnerabilidad física y social.
El impacto del terremoto de 1972 y la doctrina de desconcentración
El sismo del 23 de diciembre de 1972 causó miles de víctimas y la devastación del antiguo núcleo. Como reacción, los planificadores adoptaron una política conocida como desconcentración: en vez de recomponer el centro histórico, promovieron la dispersión de funciones administrativas, comerciales y residenciales por nuevos corredores metropolitanos. El resultado fue la estigmatización del antiguo centro como zona de riesgo; muchos terrenos quedaron vacíos y la antigua catedral fue clausurada por razones estructurales, su reloj marcando la hora del desastre como testimonio inmóvil.
Consecuencias urbanas y sociales
La desconcentración transformó el día a día: comercios se migraron a avenidas emergentes, barrios crecieron hacia la periferia y el tejido histórico se fragmentó. Durante las dos décadas siguientes Managua operó sin una sede metropolitana activa para la arquidiócesis; la ausencia de un centro simbólico reforzó la dispersión y cambió las rutas de movilidad, comercio y sociabilidad en la ciudad.
La nueva catedral: ubicación, diseño y soluciones constructivas
A principios de los años noventa se decidió erigir una nueva sede en un terreno al sureste del antiguo núcleo, en un punto más alto para reducir el riesgo sísmico y acompañar la reubicación de la población lejos de la orilla del Lago Xolotlán. El proyecto fue encargado al arquitecto mexicano Ricardo Legorreta y apoyado financieramente por el empresario estadounidense Tom Monaghan. Inaugurada en 1993, la obra rompió con la verticalidad neoclásica y optó por una presencia definida por la horizontalidad y la austeridad material.
Soluciones estructurales y climáticas
La nueva catedral se distingue por sus sesenta y tres cúpulas de concreto unidas a un armazón continuo de hormigón armado, creando lo que puede describirse como una «caja antisísmica». Esta estrategia responde al alto riesgo geológico de Managua. Al mismo tiempo, las cúpulas funcionan como dispositivos ambientales: permiten ventilación natural y control de iluminación mediante un efecto de chimenea, reduciendo la necesidad de climatización mecánica en un clima tropical.
Legorreta sustituyó el ornamento por juegos de luz y sombra, promoviendo un regionalismo crítico donde la honestidad del material y la respuesta al clima y al riesgo estructural marcan el lenguaje arquitectónico. La nueva catedral opera así como un símbolo de continuidad religiosa y de cambio urbano: es a la vez sede de la archidiócesis y manifestación de una ciudad descentralizada.
Memoria, contraste y paisaje urbano
Hoy las dos catedrales actúan como piezas de un relato más amplio: la antigua recuerda la trama centralizada de la era colonial y republicana, mientras que la nueva expresa la ciudad dispersa, moderna y consciente de su sismicidad. Juntas evidencian cómo la arquitectura puede ser instrumento de memoria pública y vehículo de nuevas políticas urbanas después de un desastre. La historia de Managua muestra que reconstruir no implica siempre restaurar lo previo: muchas veces significa reimaginar la ciudad para vivir con sus riesgos.
Este episodio urbano —desde la designación de Managua como capital en 1855 hasta la inauguración de la catedral de Legorreta en 1993— ofrece una lección sobre cómo el patrimonio se negocia entre tradición, seguridad y visiones de futuro. La arquitectura, en este caso, no solo preserva el recuerdo, sino que materializa la decisión colectiva de reorganizar la ciudad.



