Bahía Blanca recupera calles y recuerda la inundación que la marcó

Bahía Blanca aún arrastra las consecuencias de la inundación que sorprendió a la ciudad el 7 de marzo. Aunque muchos sectores muestran calles limpias y locales abiertos, la memoria del desastre permanece viva en viviendas, comercios e instituciones. El balance oficial habla de 18 fallecidos, más de 90.000 hogares anegados y un impacto directo en cerca de 260.000 vecinos, cifras que explican por qué la recuperación exige tanto trabajo material como emocional.

Las tareas de limpieza y las campañas de ayuda fueron inmediatas y masivas. Una cadena de solidaridad nacional desbordó los centros de asistencia; después llegaron subsidios y planes de obra que buscan, además de reparar lo urgente, ofrecer soluciones estructurales de largo plazo.

Avances en infraestructura y el plan para el Canal Maldonado

Entre los proyectos prioritarios figura la reconstrucción del Canal Maldonado. El gobierno bonaerense inició una intervención que incluye la demolición del puente Pampa Central y un plan en dos etapas con una inversión estimada en $110.000 millones. Las obras proyectadas aumentarán la capacidad de transporte de agua de 300 a 900 m³ por segundo en los 6,5 kilómetros de extensión del corredor, derivando parte del caudal hacia las rías. Las autoridades municipales y provinciales destacan la rapidez en licitaciones y diseño como un logro administrativo, pero en barrios todavía perciben las soluciones como tardías.

Intervenciones locales y desafíos logísticos

Mientras se avanza en el Canal, se ejecutaron reparaciones de calzadas, rellenos masivos de terrenos (con volcado de hasta 30.000 m³ en sectores socavados) y reconstrucción de puentes provisionales para mantener la conectividad. La ruta 3 conserva desvíos y puentes militares para asegurar el tránsito; sin embargo, el cierre o limitación de pasos redujo el flujo de clientes a comercios y alteró la vida cotidiana en varios barrios.

Impacto en instituciones públicas y privadas

La inundación golpeó con fuerza a establecimientos educativos, de salud y al comercio. La Universidad del Sur (UNS) perdió entre 50.000 y 70.000 libros y tesis y sufrió daños en laboratorios y equipamiento, especialmente en áreas de Física. Se inundaron alrededor de 10.000 m² en sectores subterráneos; la recomposición se realiza con aportes de otras universidades y transferencias del gobierno nacional por un total inicial de $1.600 millones (primero $500 millones y luego $1.100 millones), y se espera otra partida para continuar las obras.

En salud, el Hospital José Penna volvió a funcionar casi en su totalidad tras una inversión cercana a $35.000 millones destinada a obras y equipamiento. En la madrugada del 7 de marzo, el subsuelo donde funcionaba Neonatología quedó bajo el agua; el personal realizó un operativo para trasladar a pacientes y equipos al piso superior, a veces caminando por techos y ventanas, en condiciones de emergencia y sin energía eléctrica plena.

Historias de supervivencia y recuperación

Entre relatos que simbolizan la tragedia y la esperanza está el de Amely, una bebé de bajo peso que fue resguardada por el equipo de Neonatología durante esa madrugada. La acción de enfermeras y médicos, que improvisaron cobijo y calor, se combina con testimonios de comerciantes como Rolando Arancibia, que perdió toda la mercadería del subsuelo de su distribuidora de juguetes, y de locales en el microcentro que debieron vaciar y recuperar lo posible tras semanas de trabajo.

Economía local y el tejido social

Comercios y pymes constituyeron uno de los sectores más afectados: mercadería arruinada, vidrieras reventadas y ventas golpeadas por la caída del tránsito. Las respuestas incluyeron exenciones municipales, créditos y subsidios provinciales y nacionales, aunque muchos empresarios los percibieron como insuficientes o de difícil acceso. En paralelo, la solidaridad privada fue clave: donaciones de productos, plazos para pago por parte de proveedores y campañas comunitarias ayudaron a sostener el comercio durante los primeros meses.

En el microcentro la fisonomía cambió: donde hubo carteles de remate por inundación hoy se ven escaparates ordenados y nuevas aperturas. Aun así, los vecinos y comerciantes recuerdan las noches de saqueos y oportunismo que siguieron al desastre, junto con historias de resiliencia como la de quienes abrieron negocios en medio de la reconstrucción.

Mirada a futuro

Las obras en marcha buscan reducir el riesgo hídrico y recuperar la normalidad de la ciudad, aunque la percepción local es que el proceso será largo. El intendente y funcionarios sostienen que se trabaja con prioridad y que esperan suma de fondos nacionales. Un consejo asesor integrado por especialistas en recursos hídricos, representantes universitarios y colegios profesionales participa en la planificación técnica.

La inundación dejó marcas visibles y otras que aún se sienten en el ánimo colectivo. Revertirlas exige no solo maquinaria y pavimentos, sino también acompañamiento social y políticas que atiendan a los más afectados. En Bahía Blanca, la combinación de obras, memoria y solidaridad define el capítulo de recuperación que continúa escribiéndose.